Atendiendo la misión encomendada por el tío Nicola y, también, siguiendo un llamado de mi corazón, me fui a Barcelona a buscar a Doña Nina. De entraba me imaginaba que no sería nada fácil ya que nunca había estado en España, pero lo más importante era encontrarla pronto.
Cuando me bajé del avión lo primero que hice fue buscar una cerveza porque el calor era debilitante. Una tras otra se fueron sumando las botellas hasta que perdí la cuenta, conclusión: el primer día me lo parrandié entero. Pero no fue pérdida, por el contrario, gané mucho con esa bebienda. De camino al hotel vi un hombre muy sospechoso y mi corazón me decía que él sería una pista para llegar a Doña Nina.
Lo seguí hasta su casa, vivía en un lugar deprimente. Más que una casa eso parecía una cueva, una madriguera. Esperé un rato y cuando estuve segura de que el tipo estaba solo, me le metí al rancho. Cuando entré vi a Doña Nina sentada en un rincón, cansada, aburrida, este desgraciado le tenía atadas las manos. Recordé mis clases de tae bo y le di su buena tunda al mequetrefe, luego liberé a nuestra cónsul y la llevé a su casa.
Doña Nina se tomará unos días de descanso para reponerse de semejante acto. Al pendejete del secuestrador me lo llevé de guía por Barcelona, pero el muy tonto no ve bien y nunca supo para dónde coger. Ahí les dejo una foto con el pelele ese que, en vista de que no pudo conmigo, prometió no volverse a meter con nadie de Saint Tèrriéns.
Tío Nicola, misión cumplida.
